martes, 28 de junio de 2016

Cómo Volar

                                                                                           Francielly Ureta Franjola


Todos hemos experimentado esa sensación de libertad y adrenalina que nos produce volar, ya sea cuando vamos en un avión, practicando algún deporte extremo en las alturas, al caer después de un salto largo o en nuestros remotos recuerdos de un sueño en el que vamos volando.

Mis razonamientos básicos sobre las leyes de la física básica me impiden imaginarme siendo capaz de volar por mis medios. Sin embargo, como muchas otras situaciones en nuestra vida, hay temas que se escapan a nuestra racionalidad que son posibles y verídicos.

Uno de estos temas es precisamente volar, pues, aunque nuestros cuerpos carecen de atributos, es posible llevarlo a cabo siguiendo ciertos pasos, atravesando desafíos emocionales y realizando pruebas físicas de gran dificultad.  Es necesario destacar que no todos somos aptos para esta hazaña, pues a muchos, nuestra mentalidad nos impide ir mucho más allá y los limita a atentar en contra lo que creemos; somos firmes y obstinados en nuestras posturas.

Un ejemplo claro de alguien que sí lo logró es Walter Claiborne. Niño huérfano de nueve años nacido en Saint Louis que vivía en la casa del su tío. Era un chico flaco que generalmente deambulaba por las bohemias noches de su ciudad con su ropa sucia esperando las oportunidades que le presentara la vida para sobrevivir. Tenía un carácter fuerte, era altanero y le gustaba hacer lo que le viniera en gana.

Pero Walter no lo hizo solo y durante el proceso fue ayudado por un Maestro en dicho arte; Yehudi, tipo pulcro, de carácter fuerte y con paciencia a destacar que lo guió siempre por el sendero al éxito.

El éxito era claro y era uno; volar para ser millonarios. Cómo lo iban a lograr era lo complejo, pues Walter debía dejar su muchos aspectos de su vida tanto emocional como físicos, alejándose de su ciudad natal  para adaptarse a las reglas y a las exigencias que el Maestro le indicara sin protestar, si poner resistencia y confiando cien por ciento en él.

El proceso fue complicado, pues el niño era obstinado, rebelde y le disgustaba someterse ante la autoridad de los demás, esto le hacía sus días largos y amargos. Tenía ideales racistas y sexistas que le impedían compartir con las nuevas personas que el destino y su finalidad de alcanzar el vuelo le iban poniendo a su lado.

Sin embargo fueron estas personas justamente las que le ayudaron a salir adelante y lo ayudaron sin importar su mal comportamiento, sus malos tratos y las innumerables faltas de respeto. Pues, las pruebas que tenía que  soportar iban por etapas y mientras más iba avanzando en éstas, se le ponía más complicado porque el estado físico que requerían era sumamente importante, era desgastante cumplir con los desafíos y al final de cada una estaban ellos ahí para apoyarlo, levantarle el ánimo y revitalizarlo incluso cuando creía que no podría más.

Con el paso de los días, de los meses y de los años, el ya no tan pequeño Walter que había atravesado por estrepitosas pruebas, le tomó cariño a las personas que vivían con él, aprendió a respetar las diferencias y a valorarlos por lo que eran.  Y como la vida no siempre es justa, el chiquillo tuvo que ver cómo le quitaban a sus seres queridos, tuvo que aprender cosas que con facultad aprendemos los adultos. Desencadenando progresivamente estados de concentración mental y física que finalmente le permitieron elevarse del suelo.

Al alcanzar el éxito el joven Walt, vivió, disfrutó y agradeció con todo su corazón a todas las personas que conoció, todo lo que vivió y cada una las recompensas que le dieron tantos sacrificios.

Esto deja entre ver que volar no es algo fácil y si se quiere llegar a hacerlo es indispensable estar dispuestos a las complicaciones y ser concientes de los sacrificios que esto implica. 

¿Cómo darnos cuenta de nuestra aptitud para hacerlo?  Buscando todo lo necesario en nuestros pensamientos y liberándonos mentalmente, quitándonos ataduras, derrumbando nuestros propios límites, aceptándonos como somos, mejorando nuestros errores y reforzando nuestras virtudes.

No todos podemos volar físicamente pues a muchos nos limita nuestra razón, no hemos pasado las suficientes pruebas y no estamos condicionados de forma alguna para lograrlo. Esto no implica que no podamos abrir nuestra mente a nuevo mundos, a mundos para lo que sea necesario derrumbar murallas mentales, prejuicios, prototipos y modelos. Si tu cuerpo no puede volar, lo que con seguridad si podrá es tu mente.



Bibliografía:

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